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KENDO; UNA FILOSOFIA DE VIDA, UNA FORMACIÓN DE FUTURO

17 Dic

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Publicado en la revista El Budoka nº 324

 

KENDO; UNA FILOSOFIA DE VIDA, UNA FORMACIÓN DE FUTURO

 

Es media tarde y la jornada claudica en las obligaciones escolares. En el exterior la nieve cubre con manto blanco las casas mientras el sol de invierno desaparece en el horizonte. La tenue luz de la entrada deja paso a una sala iluminada, cuyo suelo esta recubierto de una madera brillante.

De uno en uno o en pequeños grupos, inclinan su cuerpo al pasar bajo el dintel de la puerta. Se desembarazan del calzado y con su bolsa y el Shinai colgado a su espalda, como si formara parte de ellos, penetran en la zona destinada a cambiarse de ropa.

Son pequeños los cuerpos vistiendo sus trajes de practica. Unos de blanco inmaculado, en otros casos de azul noche, en algunos una combinación a rombos y hakama oscura. Todos de semblante sonriente y expectante toda vez que controlado.

Sus juegos físicos, de poder y lucha simulada terminan a la entrada del Maestro. Rápidamente y sin que medie palabra alguna, se alinean dando frente al kamiza (frontal de un dojo). A la voz, se sientan sobre sus rodillas, espalda recta y semblante serio. La algarabía reinante hasta ese momento deja paso a un silencio total, solo el roce de las prendas de algodón sobre las pequeñas formas delatan la edad de los estudiantes.

Es sorprendente para el neófito, ver a esos niños y niñas comportarse de una forma tan disciplinada a tan corta edad.

A la voz, cierran sus párpados e inician unos minutos de meditación. Una nueva voz culmina la secuencia y a la señal inclinan sus bustos para saludar al Maestro.

A continuación, sus voces infantiles recitan a coro el Dojo-Kun (juramento de la escuela);

Nosotros amamos a nuestro país.

Respetamos a nuestros padres

Respetamos el ceremonial de nuestras tradiciones

Respetamos nuestras enseñanzas

Cumpliremos siempre con nuestros deberes

Respetamos a nuestros camaradaskendo_see_kids2

Juramos forjarnos un espíritu y un cuerpo sano 

A partir de ese instante comienza el entrenamiento, las pequeñas figuras se equipan con su armadura puesta previamente delante de ellos. Seguidamente se levantan y en filas perfectamente trazadas comienzan a repetir sus técnicas una y otra vez. Sus sables de bambú, a veces son demasiado grandes para una maniobra correcta. Durante el agotador ejercicio sus jóvenes gargantas repiten con un grito el nombre del ataque que realizan. Luego por parejas repiten las series sobre el compañero inmóvil, para por último y con gran alborozo para los “guerreros de reducido tamaño”, ejecutar las técnicas libremente sobre el adversario, lo que convierte la sala en una amalgama de ruidos y gritos.

Al fin los golpes secos sobre dos maderas que sostiene el Maestro reorganiza el caos en hileras silenciosas. Solo las respiraciones agitadas se dejan escuchar, de nuevo una orden y la cortesía exige una reverencia a forma de respetuoso saludo.

En una sola fila e inversamente que al principio, se despojan del equipo protector de manera ritual dejándolo a su lado. Fase de meditación y saludo al Maestro agradeciendo en voz alta las enseñanzas recibidas. Es el momento del aseo personal de cada practicante al termino del cual y cargando su equipo, a pie o en bicicleta regresan solos a sus casas como una parte más de su instrucción.

 

 

 

Las disciplinas marciales, no son, hoy por hoy contempladas por la mayoría del gran publico, mas que como unas actividades deportivas dentro del abanico existente en el momento presente. Actualmente cada vez son menos los jóvenes y niños que se incorporan a la practica, pues su comprensión no alcanza a entender que beneficios pueden alcanzar. Además, para nada es atractiva esta formación, pues exige, constancia, sacrificio y disciplina, cosa que esta muy lejos de la diversión que facilitan otros deportes y actividades, mucho más atractivas, con menor compromiso y sin ninguna obligación. Los padres estresados por la forma actual de vida, con largas jornadas, muchas veces incompatibles con el horario escolar, buscamos opciones que nos permitan “ganar algo de tiempo” y a la vez que los niños “aprendan algo”. De esta forma cualquier alternativa deportiva, en la cual nuestros hijos se puedan integrar, que les atraiga tanto que creé en ellos el deseo de no abandonar al poco tiempo, es valida. Poco nos preocupamos, de quien es el que imparte la enseñanza, de si el local es el adecuado y la actividad, puede favorecer o no la educación de nuestros hijos. Pocos son los que realmente se interesan por ello, el resto buscamos una “guardería” que nos permita “aparcar” a nuestros vástagos durante el tiempo preciso y sólo nos interesamos un poco más, si creemos que pueden llegar a ser unas “estrellas” o sobresalir como “campeones”.

En una anterior ocasión, ya resalte mi opción apostando por un modelo de educación, paralelo a la formación denominada como “oficial”, donde nuestros hijos, en verdad aprenden muchas y diversas materias, pero, y de ahí mi reflexión, no siempre, (más bien pocas veces), se les “educa” en la escuela, o en los institutos, en los valores tan necesarios hoy día y que cada vez carece más nuestra sociedad.

En mi exposición, hablaba, de que en la practica de las artes marciales tradicionales, todavía se podían encontrar dichos valores, cuando estas son enseñadas por auténticos “formadores” con los cuales permanecen durante años nuestros hijos, creciendo a su lado y muchas veces tomándolos como ejemplo valido.

Aunque podría hacer una comparativa de la practica de las artes marciales con respecto a los deportes y actividades varias que hacemos practicar o que eligen nuestras generaciones futuras, no es el objetivo de mi actual exposición, además, no seria del todo ecuánime pues no soy practicante de ningún deporte. En todo caso, la idea de estas líneas, es exponer una forma diferente de enfocar la formación de las nuevas generaciones a través de la practica de las disciplinas marciales tradicionales.1078196573_9c47038f24_o

No entrare ahora a diferenciar, lo que para los expertos, constituyen las diferencias entre el  antiguo Bujutsu y el más moderno concepto de Budo aparecido a finales del siglo XIX y en los albores del siglo XX, pues en el tema que me ocupa, tienen su punto común. No obstante y como ejemplo extraordinariamente acertado este extracto del libro “The Koryu Bujutsu Experience” escrito por Hunter B. Armstrong;

“…hoy día en Japón los koryu bujutsu, se consideran como las más antiguas artes de combate cuerpo a cuerpo. Como tales, proporcionan en la actualidad una única ventana de la historia de la cultura marcial del Japón, además de una visión de otra vertiente de la actitud interior del hombre muy difícil de apreciar en una sociedad tecnologista y materialista. Artes que no solamente se practicaban para sobrevivir en un campo de batalla en tiempos de la Edad Media sino además por su capacidad de influir en el comportamiento y en la naturaleza del hombre, le alzan por encima de cualquier insignificante disputa personal y le hacen alcanzar un grado de moralidad y ética que hoy día difícilmente se valora”.

 Somos los padres quienes debemos tomar la decisión última de donde, como, cuando y con quien deben instruirse nuestros hijos. No podemos dejar la responsabilidad en terceros y mucho menos en ellos. No podemos dejarnos llevar por la imitación del resto de la sociedad, ni arrastrar por la modas, la comodidad de la cercanía al domicilio o el nombre y la imagen de la “estrella” (“fugaz”, la mayoría de las veces) del momento. ¿Calidad y garantía riman con cantidad y economía?. Seamos lógicos.

Valorar las diferentes opciones, obtener la información necesaria, marcarse unos requisitos acordes con nuestras posibilidades, nos permitirán seguramente elegir adecuadamente. El conocimiento de la materia y sus beneficios, la observación directa del local e instalaciones donde se desarrollara la practica y sobre todo el trabar contacto con el “ambiente” y el futuro instructor  es lo más básico para las valoraciones que necesitamos.

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